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Pensar como estratega
Para bien o para mal, las enseñanzas de la guerra
Tomando en cuenta que en el último siglo Estados Unidos
ha sido la potencia más imponente en la historia de la humanidad,
la que más invierte y vende armamento, la que más guerras
ha ganado (si bien ha perdido algunas de manera humillante) y tan sólo
ha recibido un ataque en su territorio (en Pearl Harbor, Hawai, por el
cual se vengó) y una invasión fugaz (a Columbus, Nuevo
México, por Pancho Villa en 1916, a quien jamás pudo dar
alcance para castigarlo el general John ‘Black Jack’ Pershing);
tomando en cuenta eso, no es extraño que un estadounidense haya
dado al mercado uno de los libros más vendidos acerca de la guerra.
El libro compendia 33 estratagemas basadas no sólo en las batallas más
famosas y en los generales más relevantes de la historia, también
en aquellos momentos y personajes del pasado bélico mundial de menor renombre
pero tan o más trascendentes, sin importar si ocurrió entre ejércitos
y en territorio de la vanagloriosa Europa del siglo XIX o entre tribus y en regiones
de la primigenia África. Un proyecto así hubo de contemplar la
lectura “sin prejuicios” de la mayor cantidad de libros sobre la
materia, tácticos (por ejemplo, el celebérrimo Arte de la guerra de Sun–tzu) o históricos. Así surgieron 60 patrones de principios
que, al estudiarlos, quedaron sintetizados en 33.
Hablante de español (coloquialismos incluidos), desde niño atraído
por la guerra (“tenía todos los juguetes de guerrero”) y desde
joven interesado en la estrategia y “discípulo de Maquiavelo”,
graduado en estudios clásicos, consultor de empresarios (no tanto de empresas)
y conferencista para el ejército estadounidense, Robert Greene (con la
ayuda de Joost Elffers, con quien también ha publicado Las 48 leyes
del poder) se propuso destilar la quintaesencia de las destrezas, habilidades y dotes
que requiere el conflicto armado exitoso para obtener Las 33 estrategias
de la guerra (Océano, 2007).
No obstante simplón, el propio título parece ejemplificar la aplicación
del contenido, concretamente la estrategia 13: “Si comprendes como funciona
[la] mente [de las personas], tendrás la clave para engañarla y
controlarla”, pues se sabe que el comprador —no tanto el lector— de
libros es atraído por los números en las portadas. “Normalmente
yo no le daría ese título a mi libro, es cosa del editor porque
cree que se venden mejor cuando hay un número en la portada”, dice
Greene. Y es cierto.
Entrevistado a finales de 2007, Greene, hombre de izquierda —“lo
que sea eso en Estados Unidos”—, está convencido de que su
libro sirve para la vida empresarial, personal y social, en nuestros días
dominados por una competencia en todos los órdenes que, como si se dijera ‘estimulante’ o ‘productiva’ se
califica de agresiva e inmisericorde, cuando debiera ser preocupante por sus
efectos de disolución y resentimiento social. Greene —dice de sí mismo— no
es pesimista ni optimista sino realista: “Yo creo que dentro de 50 años
la sociedad va a ser un verdadero caos y no va a poder sobrevivir sin una manera
de unificar.”
—¿Un ciudadano de Estados Unidos está en mejor posibilidad
para hablar de la guerra?
—Es interesante que me lo preguntes porque en tres semanas voy a dar un
discurso a West Point Military Academy, una intervención para el departamento
de terrorismo y voy a ser muy crítico de su manera de pensar. En ese sentido
es un libro muy antiamericano. Hay dos formas de hacer la guerra en la Grecia
antigua, representados por los dioses Ares y Atenea. Ares es el dios más
agresivo, que le gusta la sangre, y Atenea la diosa de la estrategia, de la inteligencia,
de ganar sin sangre, y mi libro es sobre la guerra de Atenea. En cambio, los
Estados Unidos son más de Ares, de hacer la guerra con fuerza y armas,
las de Irak y Vietnam son ejemplos de lo muy estúpido de hacer la guerra.
Hay algunas excepciones, como la Guerra Civil, la 2ª Guerra Mundial, y personas
como el general Patton. Pero en general los americanos no entienden nada de estrategia,
sólo saben de fuerza y de gastar muchos recursos, y eso es pésimo.
Son mejores los chinos, por ejemplo, Mao Tse–tung me inspira más
que los tontos generales americanos.
La amoralidad de la inteligencia
A Robert Greene se le confronta con el boom de ‘visionarios’ —consultores
y autores— que han descubierto el agua tibia al igualar la competencia
en el mercado, o las relaciones de trabajo o personales, o los juegos
deportivos, etcétera, con situaciones de guerra, y para ello recurren
casi en exclusiva al mencionado Sun–tzu y en menor medida, sí,
a Maquiavelo y Napoleón Bonaparte. Se le pregunta por la singularidad
de su libro, si va con la corriente y tan sólo existe para vender —algo
legítimo, sin duda.
Responde Greene comenzando por describir su estilo: contundente, ágil
y entretenido. Para comprender mejor remite a la estrategia 30, donde
está la clave del éxito de su libro: Maquiavelo ponderó el
poder de escribir para influir en los lectores incluso “después
de su muerte infiltrando sus ideas indirecta y profundamente”.
A continuación, Greene destaca la cantidad de obras sobre la guerra
que consultó y que en buena parte se mencionan en Las 33 estrategias
de la guerra. Finalmente, explica que quiso abarcar también las
mutaciones y deformaciones que en nuestros días toman los fenómenos
bélicos.
“Las guerras están terminando su forma clásica: hay un
solo imperio en el mundo y además ya casi no se libran las guerras en
los campos de batalla, se ataca con misiles desde muy lejos y con aviones a
veces sin pilotos, y los soldados llegan después a aplastar a quienes
aún resisten. Por otra parte, las guerras de hoy son de carácter
policíaco: se persigue terroristas, narcotraficantes, ilegales, etc.” Y
lo mismo sucede en ámbitos empresariales, aclara. Y es cierto, el libre
mercado ha desatado las fuerzas más cruentas (verdaderamente sucias)
de competencia, donde monopolio y terrorismo son casi hermanos gemelos —o
sinónimos.
No obstante, hay estrategias del pasado que son vigentes. “Por
ejemplo, es cierto que los narcotraficantes no quieren invadir Estados
Unidos, pero usan estrategia para introducir cargamentos de droga y para
controlar una zona. Y en la historia hay incluso ejemplos que podemos
traer para esos casos. Napoleón fue el primero en dividir su ejército,
cuando normalmente los generales tenían miedo de hacerlo porque
iban a perder el control de la batalla. Él fue muy cauto, actuó por
objetivos, hizo a sus tropas muy dinámicas y flexibles, por eso
Napoleón sigue siendo interesante hoy para la estrategia. Y si
lo pensamos bien, creo que esta forma de actuar tiene mucho que ver con
la internet o con una empresa moderna que está globalizada.”
—En tu libro apelas al racionalismo, que concibes como ‘hay que
ser realista’, pero otra corriente muy fuerte consiste en darle espacio
a la intuición, a la inteligencia emocional, etc. A eso tú lo
llamas ‘tacto’ y lo traes de Alemania, en concreto te refieres
al fingerspitzengefühl (‘sensibilidad en las yemas de los dedos’)
del general Erwin Rommel. ¿Cómo combinas la razón con
el tacto?
—Eso va a ser el asunto de mi quinto libro. Este hombre, Rommel, tenía
muy desarrollado el fingerspitzengefühl, el que más en la historia
de la guerra y en especial durante la Segunda Guerra Mundial en el norte de África. Él
parecía prevenir por dónde iba a aparecer el enemigo, pero tenía
un método. Antes de la guerra él estudió mucho y practicó mucho,
sabía incluso los detalles mecánicos de un tanque y volaba cuando
no había batalla sobre el desierto para conocerlo muy bien, y sabía
todos los detalles de una guerra en el desierto. Entonces, ya en la guerra
sabía que sus enemigos sólo podían entrar por uno de dos
lados. Hasta ahí usó la razón y lo que había aprendido.
Pero para saber por dónde de esos dos lados iba a llegar el enemigo,
usó un tipo de intuición que es una manera de pensar muy humana
pero que casi no entendemos. Porque cuando alguien sabe muy, muy bien una cosa,
no hace falta pensar, hay ideas que vienen tan rápido que decimos que
es intuición o fingerspitzengefühl. Pero si es al contrario, si
algo no se conoce muy bien, podemos usar la intuición pero va a fallar
casi siempre, y la inteligencia no vale de mucho en ese caso, no es tan rápida
aunque haya información. Y hoy en los negocios hace falta rapidez y
ese poder que viene luego de conocer, desde lo más adentro posible,
cada aspecto del negocio.
—Hay quien nace para estratega y quien no. ¿Tu libro puede
desarrollar vocaciones de estratega?
—Hay gente que no tiene nada que hacer, no tienen ningún sentido
de nada. Por ejemplo, el presidente Bush no tiene nada de estratega, está lleno
de prejuicios, es ignorante, tienen tal confianza de sus ideas que no aprende
de la experiencia y eso para mí es lo que más necesita un líder:
aprender de la experiencia y de su trabajo lo más que pueda. Para gente
como él mi libro no puede servirles de nada. En cambio, hay otros a
los que mi libro puede ayudarles porque nada más están confundidos
con sus emociones, se dejan llevar por ellas, tienen mucha inseguridad, están
pensando mucho en sí mismos y eso es un gran bloqueo. Les hace falta
dejar a un lado las emociones y pensar muy bien. Los primeros cuatro capítulos
hablan de hacer la guerra a sí mismo. Se puede aprender, no es más
que una técnica. Sobre todo en el capítulo tres digo que cuando
una situación es muy emocional, cuando hay caos, es cuando menos se
puede pensar estratégicamente. Aunque haya mucha gente que lo asesore,
si no es capaz de calmarse, de darse un momento de pensar y tomar distancia,
ninguna solución va a ser buena. Yo soy consultor de personas de negocios
y veo ese problema con mucha frecuencia, hay ejercicios de ellos. Por ejemplo,
en una negociación tenemos que adelantarnos al otro, pensar en cómo
piensa el otro pero sin que me importe si me cae bien o no ni nada de eso,
sin prejuicios. Hace falta inteligencia para ejercitar ese músculo.
Y claro, hay algunos que son muy capaces, lo tienen en su sangre. En fin, hay
muchas forma de gente.
—Hablas bien español. Tal vez comprendas algunas expresiones
que definen parte de la cultura mexicana, como el ahorita, el desmadre…
—Oh, sí, sí, lo comprendo, sé algo de México.
—¿De esas peculiaridades puede extraerse alguna estrategia?
—El mundo está cambiando, con la globalización las diferencias
están desapareciendo y México está muy avanzado. Por ejemplo,
hace 30 o 40 años mi padre trabajó en una empresa y era como
un club, todos pensaban para la empresa, pero ahora en Estados Unidos cada
quien piensa para sí mismo, no importa la empresa, no tiene ninguna
lealtad y no comprendemos lo que ustedes llaman desmadre pero lo vivimos y
no sabemos qué hacer. Eso está pasando cada vez más en
el mundo. En México ha pasado así y veo que de todos modos son
unidos, pero en desmadre, hace falta una dirección. En el capítulo
7 hablo de eso, de cómo hacer un ejército unido. Lo que hace
falta es una cruzada, una causa o un enemigo común. Por ejemplo, yo
he leído mucho de México y es impresionante cómo este
señor Andrés López Obrador ha transformado su campaña
en una cruzada casi religiosa y así ha unificado a mucha gente. Él
lo hizo, pero no creo que lo haya pensado. Y ahora tengo la impresión
de que Felipe Calderón está queriendo hacer lo mismo porque se
da cuenta que es la única manera de ganar legitimidad: quiere unificar
a este país y por eso hace su guerra contra el enemigo común
que es el narcotráfico y quiere con su discurso crear una causa común.
Hay maneras de hacerlo como líder. Claro, este libro ayuda a eso pero
también a lo contrario, al individuo lo ayuda a protegerse de eso. En
fin, hay que usar la inteligencia.
—¿Qué pasa si después de leer tu libro todos
nos hacemos estrategas?
—Yo hablo de eso: ‘si leo este libro voy a sospechar de todos’.
No hace falta la paranoia, la paranoia es otra forma de estar gobernado por
las emociones. Hace falta ser realista, ver las cosas como son. El presidente
Bush tiene ese problema: no es realista y por eso va a cometer muchos errores.
Stalin era muy mañoso, conocía muy bien la estrategia, estudiaba
mucho, sabía todo de Maquiavelo, pero tenía la paranoia y por
eso su caída. Pero hay otro problema que es peor: el de quienes creen
que todos son sus amigos, y creo que hay más de estos inocentes que
de los paranoicos. Y ese es un gran problema porque hay muchos que son manipuladores,
aunque no persigan nada. Creo que lo que hace falta es ser realista. Yo hago
libros amorales, no quiero juzgar a la gente, otros pueden hacerlo y lo hacen.
Si en este mundo hay mucho caos, yo lo voy a describir así y voy a tratar
de decir qué hacer para defenderse sin hacer daño, pero si alguien
decide hacerlo después de leer mi libro, no puedo hacer nada. La respuesta
es que hay que ser realista y ser inteligente. La verdad es que yo creo que
dentro de 50 años la sociedad va a ser un verdadero caos y no va a poder
sobrevivir sin una manera de unificar. Es un gran problema.
—Y a eso hay que unir los enemigos más despiadados: el cambio
climático, la pobreza, los riqueza inconmovible ante la pobreza, etc.,
y todo lo convocamos nosotros.
—El problema es más grave. Yo soy de izquierda más o menos,
lo que sea eso en Estados Unidos, y veo que normalmente los conservadores no
tienen el sentido de la estrategia, piensan: ‘yo tengo una idea muy buena
y muy moral y con eso es suficiente’, o aunque sepan que algo es malo
si les da beneficios es suficiente para apoyarlo. Yo hablo de Gandhi en el
capítulo 32, que describió su campaña como una guerra
sin violencia, pero era una guerra. Era un gran estratega y yo quiero decir
que si alguien tiene un proyecto o un sueño, hace falta una estrategia.
Al principio hará falta aceptar la idea de la necesidad de una estrategia.
Así que para mí, mi estrategia para ayudar al mundo es abrir
los ojos del lector, y si alguien quiere hacer campaña en contra de
la contaminación, como Al Gore, le hará falta pensar en su estrategia
lo más posible. Los americanos son muy egoístas, sólo
piensan en ellos y su dinero aunque se hunda el mundo. Gore cree que nadie
les ha explicado que la dependencia de su buena vida está en el mundo,
y si todo lo que hacemos gasta tanta energía que contamina es porque
dependemos del petróleo, pero si EU se convierte en el líder
en otras energías no contaminantes que cuesten menos, pues claro que
se puede dar un salto. No hace falta hablar de cosas muy morales o abstractas
del futuro, al contrario, hacerlo muy concreto: ‘usted va a tener más
dinero si seguimos esta estrategia’.
—¿Cuáles son tus estrategias preferidas?
—La 2: no des la guerra pasada. Es muy grande este problema de la gente
que está atada al pasado. Cuando éramos niños teníamos
la mente muy abierta y así pudimos aprender muchas cosas, pero conforme
se envejece se ata al pasado. Y sucede mucho, mucho en los negocios, los jefes
no oyen. Hace falta entender que cualquier circunstancia en la vida es diferente
a cualquiera otra de antes aunque se parezcan. Otra muy importante es la 12:
pierde batallas pero gana la guerra. Es magnífica porque sólo
de vez en cuando las guerras dependen de una batalla, y a veces incluso es
recomendable perder una o más. Esta estrategia consiste en pensar más
allá de la situación inmediata, es táctico. Una muestra
es Irak: se han ganado todas las batallas, ¿pero qué pasa ahora?,
es una guerra perdida.
—En tu libro no está Pancho Villa. ¿Le guardas rencor por
haber invadido tu país? —Greene ríe de buena gana al tiempo
que hace un largo “nooo”.
—No. En mi libro anterior, Las
48 leyes del poder, hablé de
la batalla en Columbus y de la punitive expedition [‘la campaña
del castigo’] que hizo Estados Unidos para cazarlo. Pero no me gusta
repetir las mismas historias en mis libros. Pancho Villa fue un gran estratega,
de verdad me gusta muchísimo. Es una lástima que no lo guardé para
este libro.
Luis López
Rosales.
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